LORAZEPAM, ¿remedio definitivo?

Lorazepam es un fármaco perteniente al grupo de las benzodiazepinas que se utiliza en el tratamiento de niveles altos de ansiedad prolongados. Es decir, todos sufrimos en momentos de nuestra vida ansiedad, y no por ello necesitamos tomar fármacos; es más, como os he comentado en anteriores publicaciones, es necesario identificar las emociones y exteriorizarlas para llegar a superar momentos difíciles (muerte de un ser querido, desengaño amoroso, pérdida del trabajo, dificultades económicas, enfermedad,…). Es cuando la ansiedad nos domina o permanece por mucho tiempo cuando SÍ pueden servirnos de ayuda los ansiolíticos.

Tiene además propiedades amnésicas, sedantes e hipnóticas, anticonvulsivas y relajantes, siendo útil en el tratamiento del síndrome del color irritable, epilepsia o insomnio. Una de las principales ventajas del Lorazepam es que actúa sobre las emociones reduciéndolas o eliminándolas, por lo que se recomienda principalmente ante situaciones que implican fuerte carga emocional.

Para su prescripción es necesario que el profesional evalúe si la personas sufre ansiedad y sobre todo si está limitando su vida ya que, como todos los fármacos tiene unos efectos secundarios negativos: sensación de cansancio, sensación de ahogo, confusión y mareo. Igualmente es recomendable que sea el profesional quien establezca la dosis, duración y frecuencia de administración más adecuadas en cada caso, y cualquier cambio es importante que se haga de forma progresiva para evitar efectos colaterales bruscos.

El Lorazepam puede crear dependencia física y psicológica si se toma por mucho tiempo (meses), por lo que recomiendo complementarla con tratamiento psicológico para poder retirarlo poco a poco. El medicamento en este caso solo atenúa los síntomas mientras se está bajo sus efectos, es decir, en el momento que se deje de tomar, volverán los síntomas de ansiedad. Por el contrario, el psicólogo dota al paciente de técnicas para elaborar las emociones, controlar los síntomas y afrontar cada situación en particular. El consumo a largo plazo de ansiolíticos puede generar dependencia física y con ella síndrome de abstinencia al dejarlos, entre los principales síntomas: ansiedad, insomnio e incluso psicosis.

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